La gran estudiosa de la antigua lírica popular hispánica, Margit Frenk, murió el 21 de noviembre de 2025 en Ciudad de México; pocos meses antes, había cumplido cien años. Nacida en Hamburgo, en el seno de una familia judía laica, Margit llegó a México en 1930, a los cuatro años, con sus padres y su hermano mayor. Ante el empuje del antisemitismo en Alemania, los padres de Margit, Ernst y Mariana Frenk (después Frenk-Westheim), decidieron emigrar a un país donde Ernst pudiera ejercer la medicina sin problemas. Según me refirió Margit, el interés de Mariana por el español y su encuentro fortuito con la esposa del cónsul mexicano en una librería de Hamburgo terminaron por inclinar la balanza a favor de México, para fortuna del país adoptivo. Imposible reseñar aquí las contribuciones de esta familia de inmigrantes y de sus descendientes a México y al mundo; baste decir que las contribuciones de los Frenk a las artes, las ciencias y las humanidades son cuantiosas.En 1946, Margit se licenció en Letras Españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México, con la tesis La lírica popular en los siglos de oro, trabajo que, en palabras suyas, la hizo descubrir: “Que ese era mi camino, que yo lo que quería hacer era investigación en cuestiones de literatura española y, concretamente, en lírica popular”, declaración que hizo para el documental Maestros detrás de las ideas (2005). Seguiría una Maestría en Artes en la Universidad de California, Berkeley (1949), donde Margit conocería a su admirado maestro, José Fernández Montesinos, quien había sido profesor de Mariana Frenk en la Universidad de Hamburgo—otra historia de emigrantes y exilios—. El recuerdo entrañable de Fernández Montesinos y sus enseñanzas acompañaron a Margit a lo largo de su vida; sospecho que influyeron en su propio magisterio, caracterizado por una generosidad extraordinaria y un respeto absoluto, nunca reñidos con el rigor académico máximo. En 1972, Margit obtuvo el Doctorado en Lingüística y Literatura en El Colegio de México, con la tesis Las jarchas mozárabes y los comienzos de la lírica románica, poco después convertida en libro (1975).Como docente e investigadora, Margit estuvo particularmente asociada a la Universidad Nacional Autónoma de México y El Colegio de México; entre 1980–1985 fue catedrática en la Universidad de California, San Diego, y, en otros momentos de su carrera, profesora visitante en varias universidades del mundo. Margit fue traductora de libros académicos, sola o en colaboración con Antonio Alatorre, con quien estuvo casada hasta 1975—su traducción conjunta, al español, de Literatura europea y Edad Media latina (1955), de Ernst Robert Curtius, devino en un clásico; fue directora de revistas académicas, como la Nueva Revista de Filología Hispánica, la Revista de Literatura Mexicana y la Revista de Literaturas Populares—también fundó las dos últimas—; de su labor como gestora de proyectos, destaca el Cancionero folklórico de México, colosal proyecto colectivo emprendido en El Colegio de México y que culminó en cinco volúmenes, publicados entre 1975 y 1985, y en la formación de los muchos becarios involucrados en el proyecto. Su trayectoria profesional confirió a Margit numerosos galardones —dentro y fuera de México—, entre ellos, tres doctorados honoris causa y el ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua (1993) y a la British Academy (1991). Muchos premios y homenajes más sucedieron en vida de Margit.El talento de Margit rebasaba el ámbito académico: de niña componía canciones—letras y melodías—, y el piano fue una presencia habitual en el salón de su piso de Fuentes del Pedregal, donde habitaba cuando la conocí —más adelante viviría en Tlalpan—; también cantaba y tocaba la guitarra. Tal vez, algunos lectores se sorprenderán al saber que Margit formó parte de un ensamble musical, el Grupo Alatorre, creado por Antonio Alatorre en 1956; el ensamble apareció en la televisión mexicana e, incluso, grabó un disco, Canciones españolas del Renacimiento (1958). Lo que no es sorpresa es la habilidad de Margit para trazar puentes entre la vida y la literatura. Su actividad como “cantora”, como le gustaba definir esta faceta de su vida, y como ejecutante musical serían cruciales para comprender la importancia del ritmo en la composición y la ejecución de la poesía popular en la Edad Medía y el Siglo de Oro, o el papel del oído, la voz y la memoria en la conservación y la transmisión de esta poesía.Poseedora de una curiosidad intelectual intensa, Margit recorrió diversos campos de investigación. Además de su gran amor, la antigua lírica popular hispánica, Margit estudió las jarchas mozárabes, las prácticas de la lectura en el Siglo de Oro, el Quijote, el romancero, el teatro áureo y, en lo que respecta a esta orilla del Atlántico, la literatura colonial y la lírica popular mexicana moderna. En todos estos campos, Margit produjo trabajos fundamentales. De la larga lista de publicaciones de Margit, me gustaría destacar aquellos libros relacionados con los temas de Calíope, por ejemplo: Entre folklore y literatura (1971), Las jarchas mozárabes y los comienzos de la lírica románica (1975) y Poesía popular hispánica: 44 estudios (2006), dedicados al análisis de la antigua poesía popular hispánica; Entre la voz y el silencio. (La lectura en tiempos de Cervantes), parteaguas en el examen de la transmisión de la poesía áurea, y las ediciones de cancioneros musicales y poéticos, realizados en solitario o en colaboración. El último gran proyecto de Margit fue la edición crítica del Cancionero poético de Gaspar Fernández (Puebla, 1609–1616) (2022), la cual terminó ya nonagenaria y con serias limitaciones visuales.Probablemente, las obras más queridas de Margit fueron sendas ediciones críticas de la antigua lírica popular hispánica, el Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII) (1987) y su sucesor, el Nuevo corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII) (2003). Fueron proyectos de magna envergadura—esfuerzo titánico—, que solo alguien con una dedicación extraordinaria y un amor profundo por las canciones populares antiguas podía llevar a buen puerto. Margit los tenía, era esta una empresa para ella guardada. No se trataba solamente de acopiar y editar infinidad de textos —labor de por sí ingente—, sino también, sobre todo, de reflexionar sobre la naturaleza de la antigua lírica popular hispánica, sus límites, sus modalidades, sus vínculos con la poesía culta y demás consideraciones que acompañaban la difícil tarea de establecer qué textos debían de integrar sendas ediciones críticas. Producto de treinta y cinco años de trabajo, el primer Corpus reunió 2,687 canciones o versiones que merecieron entrada independiente—más un impresionante aparato crítico—, en 1,250 páginas. El primer Corpus fue una de esas obras que abren brecha: gracias a él, los estudiosos pudimos contar con un panorama más cabal de la antigua lírica popular hispánica y pudimos tener a esta en nuestras mesas de trabajo, reunida, seleccionada e impecablemente editada en un solo volumen. No extraña, pues, que el primer Corpus renovara—y, en más de una ocasión, despertara—el interés por la antigua lírica popular hispánica; parecía una obra insuperable pero, en el prólogo, la propia Margit destacó aspectos susceptibles de revisarse. Once años más de trabajo culminaron en la aparición del Nuevo corpus, el cual acogió 3,790 canciones o versiones que merecieron entrada independiente—más un aparato crítico considerablemente enriquecido—, en 2,206 páginas, distribuidas en dos volúmenes. El crecimiento orgánico del Nuevo corpus se debió tanto al descubrimiento de textos en fuentes que Margit no conoció, o no exploró por completo, cuando preparaba el primer Corpus, como a la capacidad de Margit de revisarse a sí misma—otra de sus grandes virtudes—. Esta capacidad la llevó a replantear sus criterios metodológicos iniciales, lo cual permitió la ampliación del límite cronológico (de 1450–1650 a 1450–1700), así como una mayor inclusión de las canciones con elementos semipopulares y de los materiales paremiológicos. A propósito de la preparación del Corpus y el Nuevo corpus, Margit solía decir que, con frecuencia, se había sentido como si estuviera elaborando un mantel de encaje de frivolité, dada la minuciosa atención que exigió cada detalle de la edición de las canciones populares antiguas. Un mantel interminable, pero al que Margit se entregó con gusto porque, para ella, trabajar “en estas cosas” era placer.Conocí a Margit antes de conocerla en persona, a través de una de las tantas reediciones de su Cancionero de romances viejos (1961), libro que devoré en unas vacaciones de adolescencia. En la bien organizada biblioteca de mi abuelo, el romancero de Margit compartía espacio, lado a lado—en pie de igualdad—, con la Flor nueva de romances viejos, de Ramón Menéndez Pidal. Poco podía imaginarme entonces que, años después, la editora de esa antología se convertiría en mi maestra, mi directora de tesis —para El Colegio de México—, mi mentora, mi amiga. El hispanismo ha perdido a una grande; nos queda su legado, intelectual y humano. Gracias por todo, Margit Frenk.
Magdalena Altamirano (2026) studied this question.
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